Acabada la Segunda Guerra Mundial, los países aliados firmaron una declaración por la cual creaban un organismo que intentaría resolver los conflictos internacionales por vía pacífica. Nacía la Organización de Naciones Unidas (ONU). Los horrores de la guerra habían constado a la humanidad 50 millones de muertos (más de 100 mil tras el lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima), muchos de ellos a causa de la represión interna de algunos países de concentración. El odio, la venganza, la exterminación y la tiranía se habían adueñado del mundo.
Uno de los primeros pasos dados por la ONU fue la aprobación, 10 de diciembre de 1948, de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Este documento pretende ser la constitución básica de todos los estados y países para que la humanidad no volviera a sufrir un terror semejante. Sin embargo, tenemos constancia que los derechos humanos se violan continuamente, aunque la mayoría de estados hayan firmando la Declaración. No se ha vuelto a producir un conflicto a escala mundial, pero continúan muchas guerras; en algunas zonas del planeta millones de personas no gozan de los mínimos derechos recogidos en la Declaración: miles de niños mueren cada día de hambre; otras personas están encarceladas por motivos ideológicos... Lamentablemente en muchos países la Declaración Universal es una utopía.
Tal vez la historia de los últimos siglos enseñe a generaciones futuras que a pesar de los terribles acontecimientos que han tenido lugar, sigue valiendo la pena abrigar sueños y esperanzas. Quizás ello sirva para que acabemos dándonos cuenta de que el mundo es demasiado pequeño y frágil para dar cabida al odio y a la guerra.
Hace unos días una amiga divulgaba a través de una red social un mensaje muy solidario que me gustaría compartir aquí.

